¡Ay, las hormonas...! Se activan y comienza el alboroto. Mi clase de canto esta llena de adolescentes que se sientan en la parte de atrás del aula y no paran de reírse y hablar mientras los de más adelante tratamos de escuchar la clase. Los sábados soy voluntario de una casa hogar para niñas adolescentes y hay días en que la casa es un escándalo. Así, rodeado de adolescentes, es inevitable escribir sobre ellos.
Cuando yo era adolescente, el contexto era muy distinto al actual, pero las hormonas, la parte biológica del fenómeno adolescente, bueno, eso no cambia. Si bien es cierto que hay una especie de despertar sexual a causa de las hormonas, lo que debería ser muy divertido, las hormonas también producen una exageración en las reacciones, sufrimiento solitario, disgusto sin aparente motivo y rebeldía. Recuerdo una carta de mi papá que con cierta aflicción me escribía pidiéndome que me apacigüe pues estaba siendo muy agresivo con la familia, me expresaba con mucho rencor y que no sabía qué hacer para bajarme las revoluciones. Bueno, esa carta, si bien cumplió su propósito, me sacó unos mililitros de lágrimas y me hizo entrar un poco en razón, no le pudo ganar por completo la batalla a la adolescencia. Fue mi papá mismo quien me había mencionado años antes algo sobre los cambios físicos de la pubertad y que yo comentaba con los amigos de entonces, sorprendidos un poco al momento de irlos enfrentando. Y es la rebeldía el rasgo más trascendente que yo puedo rescatar de esa etapa del crecimiento. Hoy pensaba justo que poco a poco según se nos va bajando la carga hormonal, nos vamos amansando, asentando, cansando, se va perdiendo esa rebeldía. Y bueno, si bien es cierto que felizmente pasa, aunque a algunos nos dura más que a otros, siento que hay que conservar algo de esa rebeldía adolescente para no perder la perspectiva. Es necesario de vez en cuando mandar a la mierda a los jefes, a los padres, a la autoridad, a la pareja para sacarnos un poco la carga del sedentarismo, de la obediencia sostenida, salirnos un rato del rito, del sistema, romper un rato con eso y luego volver más calmados, sabiendo que nada nos ata, que si estamos de una manera u otra, todo esta así porque lo permitimos y está en nosotros mismos la oportunidad de cambiarlo. Es necesario de vez en cuando llorar por gusto, tal vez con el único propósito de aclarar la mirada. Es necesario pensar que nuestras protestas, pataletas y berrinches pueden salvarnos y después ya estaremos bien. Es necesario recordar que hemos sufrido y pasó, que seguiremos sufriendo y pasará. Seguiremos también ganando experiencia, teniendo incontables alegrías, sólo nos queda sonreír y aprovechar al máximo. Y si sigue el dolor saber que es sólo una etapa, todo se mueve.